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Había una vez una niña que se llamaba Ana María y que decía, escribo porque no sé hablar. Así se veía ella.

Porque cada vez que lo hacía, despertaba risas, burlas de las otras niñas en clase, incluso a la profesora, familia…

No salían las palabras, se atropellaba al hablar, era una niña tartamuda.

Esa falta de compasión, de no saber estar a su lado, acompañando su dificultad, era un reflejo de la época…

Eso la fue encerrando en  un silencio obligado, en una profunda soledad.

Le gustaba estudiar y lo hacía, ella se sabía las lecciones pero no podía recitarlas con soltura, por lo era reprendida, castigada. También eso contribuyó a su aislamiento. Un encierro en sí misma.

Le gustaba irse al bosque, la naturaleza la respetaba. Ese baño de sensaciones, verse formar parte de la inmensidad, los sonidos, los diferentes aromas naturales…

Aprendió a observar, a construirse un mundo para ella que le enseñaba a transitar el tiempo entre historias que iba enlazando para no estar sola. Comenzó a escribir.

Con el tiempo diría: “Recuerdo que un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar, brotó en la oscuridad una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó esa chispita azul. Pero creo que todavía hoy puedo, a veces, ver luz en la oscuridad, o mejor dicho “la luz de la oscuridad. Eso es lo que hago cuando escribo”

Esa niña se llamaba Ana María Matute

El dolor de ese encierro, de esa soledad, no se contrarresta con nada, imposible de olvidar una infancia  soterrada.

Esas dificultades en el lenguaje o el habla son, en muchos casos, dejadas de atender por no darle la importancia suficiente…

La esperanza del “Ya lo hará”, “es pequeño”, “No tiene importancia” hace que los niños, sin capacidad de decidir otra cosa, lo vivan con vergüenza, en soledad… Y, mal gestionado ese sufrimiento, por falta de madurez, por no saber contarlo y compartirlo, será un sufrimiento que dejará huella emocional, cicatriz, cuando podía ser evitable.

Un repaso a lo que la niña del cuento, escritora premiada en la edad adulta, podía sentir en ese momento que le preguntaban la lección  y sabiéndosela, no poder  recitarla…

Y la respuesta sea un castigo.

¿Cómo puede sentirse la niña? Entiende cuál es su sitio, le marcan ese vacío como “su sitio”

Cierto que en esa época los niños no tenían ningún protagonismo, pero ese desapego cuando aparece una dificultad, tan alejada de cualquier cosa que ella pudiese hacer para mejorar, eriza la piel.

Lo grande de la historia es la fuerza interior de una niña que no teniendo posibilidad de convivir, de compartir, pero interesada por la lectura y lo que aprendía estudiando, se convierte en una escritora novel y con el tiempo profesional.

Consigue en el año 2010, el Premio Cervantes.

Otros premios que ha conseguido:

  • Premio Nacional de las Letras Españolas 2007
  • Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 1984
  • Premio Nadal 1959
  • Premio Nacional de Literatura 1959
  • Premio Planeta 1954

Fallece en 2014. Ha sido una gran escritora. Sus vivencias inciden de manera directa en su escritura. Lo confiesa abiertamente, aprendió a ver luz en la oscuridad, eso hacía al escribir.

Su mundo era oscuro ¿Te imaginas esa niñez, sin palabras? «Escribo porque no sé hablar»

Afortunadamente la escritura puede guiar tu oscuridad hacia la luz.

Piensa, si ella pudo, yo también.

Lee y escribe. Es el mejor homenaje que puedes darte.

 

Ver la luz de la oscuridad, eso hago cuando escribo.

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